La nueva película de mi idolatrado Clint Eastwood puede que no sea su mejor film, desde luego no está a la altura de las últimas obras maestras de su filmografía - "Sin Perdón", "Mystic River", "Million Dollar Baby" o "Cartas desde Iwo Jima", sólo por citar algunas - pero es un gran film, cargado de buenas intenciones, muy entretenido y totalmente recomendable si lo que quieres es pasar una buenísima tarde de cine para alegrarte un poquito la existencia en estos tiempos que corren.Una película, como decía el amigo Jero en su excelente reseña, de "cuya proyección uno sale con ganas de ser más generoso, humilde y compasivo. Mejor persona, en definitiva".
Aunque solo sea por esta vez, el tito Clint no nos muestra el peor lado de las personas ni lo más amargo de la vida, en esta ocasión no he salido del cine totalmente roto, jodido y desolado por la dureza o tristeza de las historias que suele contar este hombre en sus películas; y eso, de vez en cuando viene bien, que queréis que os diga, no me voy a quejar por eso.
Y puede que el viejo Eastwood no tenga la maestría para contar este tipo de historias - digamos de tono más amable - que evidentemente si que tiene para las otras, pero no por eso no deja de ser un grandísimo director, ni es óbice para que "Invictus" sea una gran película, muy bien narrada de principio a fin, que cuenta con dos grandes interpretaciones, momentos brillantes y que logró emocionarme en otros. Todavía siguen resonando en mi mente los versos finales de "Invictus" ese magnífico poema de William Ernest Henley, que sirvió de inspiración y dio fuerza a Mandela en los momentos más duros de su encarcelamiento y que también lo es de François Pienaar, el capitán del equipo de rugby que interpreta un gran Matt Damon: "Soy el dueño de mi destino, soy el capitán de mi alma....".
Quizás el personaje de Nelson Mandela - un Morgan Freeman inmenso que se come la pantalla, cuya interpretación (ojo a sus gestos y movimientos que son para enmarcar), merecería ser premiada con un Oscar - esté retratado sin demasiada profundidad, que nos lo muestre como una excelentísima persona, todo bondad y generosidad, sin un ápice ni un atisbo de que pueda tener, como todos los seres humanos, un lado oscuro (tan solo pasa de soslayo por su profunda soledad y una evidente enemistad con su familia, cuyo origen no se cuenta). Todo un santo, vamos. Cuidado, que no digo yo que no lo sea, pues no conozco en profundidad su historia más allá de lo que haya podido ver en unos cuantos telediarios; en cualquier caso, es innegable que el presidente sudafricano consiguió, apenas un año después de ser elegido presidente, la difícil tarea de que el rugby, deporte que simbolizaba la supremacía blanca en el país, unificara bajo el lema "One Team, One Nation" a toda la población en pos de un sueño: lograr el título de campeón.
Pero pienso que lo importante de la película no es la figura de Nelson Mandela (aunque lo sea) ni la intención de Eastwood es realizar un retrato totalmente fidedigno de su persona. Lo fundamental en "Invictus" es el perdón, la coexistencia pacífica entre personas sin importar su raza, sexo o condición, y el valor de la solidaridad, la unión y el trabajo en equipo para lograr un objetivo común. Y si ese era el objetivo de su director (yo así lo creo), la película cumple con creces tales expectativas. Porque como dijo mi mujer al salir del cine, "Invictus" es una película que te reconcilia con el género humano.
Tampoco Eastwood profundiza en demasía en las diferencias sociales y tensiones raciales existentes todavía en el país tras la abolición del apartheid y la llegada de Mandela al poder, pero al genial director le basta con un par de detalles para dejarnos claro como era el panorama (como por ejemplo, todo lo que ocurre con los miembros del equipo de seguridad de Mandela, o lo que significaba para los negros el equipo de rugby (los Springbooks), todo un símbolo para la minoría blanca, los afrikaners). Y eso solo está al alcance de muy pocos directores.
No soy aficionado al rugby y apenas conozco sus reglas. Pero sin embargo, la película no se me hizo pesada, todo lo contrario, y creo que las escenas de los partidos están muy bien rodadas, con el punto justo de épica, realismo y emoción, siendo perfectamente comprensible lo que ocurre en el terreno de juego, incluso para los neofitos en este deporte. Lo único que se me hizo algo molesto es que el partido final se alarga en exceso, no por lo que ocurre en la cancha, sino por un excesivo afán de Eastwood de mostrarnos la unión de todo el pueblo sudafricano (blancos y negros) con su equipo nacional de rugby, mostrando demasiadas imágenes de la gente en el campo, en los bares, en las afueras del estadio (con un abusivo uso de la cámara lenta).
Pese a, como digo, no ser aficionado al rugby si que recuerdo aquella Copa del Mundo de Sudáfrica de 1995, sobre todo aquella épica final entre Sudáfrica y los All Blacks de Nueva Zelanda. Y sobre todo recuerdo aquel portento físico y técnico que era el jugador maorí, Jonah Lomu, que por su fuerza, potencia y velocidad me encadiló en su momento. Desde entonces (y mira que ha llovido) no había vuelto a ver un partido de rugby.
Y fíjate tu por dónde, después de ver "Invictus" me sorprendí este fin de semana tragándome enterito, de principio a fin (y disfrutando de lo que veía, ojo), un partido de rugby de la liga inglesa en Teledeporte. ¡Que cosas! Lo que no consiga el viejo Clint....
