
No entraba en mis planes acercarme al cómic de
Garth Ennis y
Darick Robertson. ¿La razón? Muy sencilla. Sabía perfectamente lo que me iba a encontrar - al
Ennis "sobreactuado" y con el modo
enfant terrible activado y a plena potencia - y lo cierto es que no me apetecía nada en absoluto. Sin embargo, mi amigo
Álvaro me prestó este primer volumen y aprovechando un rato de tiempo libre que tenía me lo leí de una sentada.
Y debo decir que no andaba nada desencaminado en mis augurios, porque en "The Boys" el guionista irlandés da rienda suelta a todos sus excesos, sus salidas de tono y ganas de provocar y crear polémica. El creador de "Predicador" nos muestra en "The Boys" su lado más cafre, burro y salvaje: sangre y violencia gratuita, miembros amputados y demás casquería, humor negro, tacos y palabras malsonantes, sexo explícito, orgías, drogas y todo tipo de vicios que se puedan imaginar pueblan las páginas de este tebeo en el que Ennis canaliza su indisimulado odio hacia el género superheroico mostrándonos a los superpoderosos como unos auténticos hijos de perra. Los superhéroes de "The Boys" no buscan un mundo mejor ni proteger a los indefensos y a los débiles. El resto de los mortales, a quien consideran chusma y seres inferiores, les importan un carajo - no tienen ningún problema en causar "daños colaterales" con sus peleas - y únicamente buscan su propio beneficio, engordar sus cuentas corrientes y lanzarse a todo tipo de vicios y depravaciones sexuales, siempre, eso sí, preocupados de las apariencias y de mostrar al mundo una cara amable y respetable.
Para controlar (y llegado el caso, eliminar) a todos aquellos superhéroes que se pasen de la raya y supongan un grave peligro para la sociedad, están The Boys, una organización secreta gubernamental de lo más bizarra (y que también cuentan con superpoderes) liderada por El Carnicero e integrada por El Francés, La Hembra, Leche Materna y la nueva incorporación del grupo, el inocente Wee Hughie - cuya novia fue uno de esos daños colaterales a que antes hacía referencia -, que no es sino un perfecto sosías del personaje que Simon Pegg interpretaba en "Shawn of the Dead" (aquí conocida como "Zombies Party").
Este argumento, que a priori, podría ser interesante - siempre que el polémico guionista se hubiera contenido y hubiera dosificado sus burradas en favor de la historia, como por ejemplo si hizo en obras como "War Stories", "Predicador", "Hellblazer" o "Crossed" - se queda en una sucesión de animaladas y bromas soeces y de dudoso gusto. Lo que podía ser una ácida y mordaz visión del género superheroico, e incluso, si me apuráis, del nuevo orden mundial surgido tras el 11-S, se queda en una mera astracanada que no conduce a ninguna parte. Ignoro si los sucesivos volúmenes mantienen esta línea (mucho me temo, que incluso la superarán en barrabasadas), pero lo cierto es que tampoco es que tenga mucho interés en leer más tomos de esta serie.
Mentiría si dijera que no me he echado alguna risa con este primer volumen de "The Boys", pero creo que estoy muy mayor para cosas como esta. Quizás si tuviera 15 o 16 años, el cómic de Ennis y Robertson me parecería la hostia en vinagre, pero ya peino canas en sitios de mi cuerpo que nunca hubiera imaginado, y prefiero quedarme con cosas como "Powers" de Bendis y Avon Oeming o "X-Statix", de Milligan y Allred, que abordan una temática similar y tienen muchísima más enjundia.
En definitiva, un tebeo más que olvidable. Me voy a leer el último volumen de "Los Muertos Vivientes", que ya tengo en mis manos y que seguro que si merece la pena. Ya os contaré